lupita y sus circunstancias

sólo voy a contar las cosas que le ocurren a lupita, a lo que teme, lo que desea, vaya, lo que le pasa, como si fuese uno de nosotros.

lupita mariposa suspendida

 

Mujer de lenguaje sin lengua

Mariposa suspendida en la nada

Callar es el verbo de la inmovilidad

es el verbo suspendido en la sombra rosa del silencio

 

lupita y su peculiar colección

Era la tercera farmacia en la que paraba, en las dos primeras había sido capaz de evitar entrar pero necesitaba con urgencia uno más. Comprarlo era humillante, siempre se las había ingeniado para robarlos sutilmente. Comprarlo era perder la esencia, saltarse las reglas, comprarlo no era lo mismo, estaría nuevo, no habría sido usado con anterioridad, no tendría sabor ni olor, demasiado perfecto para ser verdad, demasiado pulcro para ella.

Pasó de largo sintiendo una congoja apretándole el pecho, cada paso era más lento que el anterior; a su vez, cada aliento más agitado. Necesitaba uno más. Se sentía sola, llevaba casi dos meses sin acostarse con nadie y la última vez fue un desastre total con un desconocido que encontró en un bar. Ese día fueron a un hotel, un hotel sin ascensor, sin baño, desde luego sin albornoz ni cepillos de dientes gentileza de la casa, un hotel demasiado cerca del tugurio oscuro al que irremediablemente acude a veces, cuando se encuentra tan acosada por la soledad que se llama a si misma así: Soledad. A veces pasa las horas perdidas frente al espejo: “soledad, eres patética, tres maridos, decenas de amantes y el armario del baño lleno de cepillos de dientes masculinos, uno por cada uno de los tipos que te han puesto la mano encima, reconoce que te gusta, los guardas como trofeos, ¿hasta donde vas a llegar?” Es entonces cuando no sabe de donde saca fuerzas renovadas, se maquilla, se peina, se pinta los labios y sale a la calle a alimentar su peculiar colección, así da vida a su triste historia.

Su primera conquista o su primer cepillo de dientes fue su primer marido. Los primeros años juntos lo compartían todo y también los cepillos, los cambiaban regularmente porque le gustan firmes. Él empezó a viajar y a llevárselos de viaje cada vez más a menudo así que ella acabó comprando uno para uso exclusivo. Cuando él se fue para siempre ella se consoló con pequeñas cosas de él como un jersey o un pañuelo, aunque después las fue tirando, sólo perduró el último cepillo de dientes de él olvidado en el baño y se lo apropió. Le resultó divertido guardar este recuerdo y adquirió costumbre; cuando no podía retener más al hombre de turno se quedaba con su cepillo de dientes, siempre estaba al acecho esperando una mala contestación o un desaire para vislumbrar un nuevo final y así aumentar su colección. Tres maridos significaron tres cepillos de dientes, llevaban años los tres juntos dentro de un vaso de plástico, el vaso en la repisa del baño le recordaba sus viejos amores.

Luego llegaron los de los amantes, guardados en cajas pequeñas por grupos de cinco. Siempre le hicieron gracia las muescas que los soldados hacen en sus fusiles para facilitar el recuento de sus muertos, cuatro verticales y una quinta cruzando; así disponía ella de esos cepillos de dientes, en cajas de cinco en cinco. Se guardaban en un armario en el baño, eran cajas cerradas y estaban apiladas una encima de la otra. Si alguien ve en un baño tres cepillos de dientes usados en una repisa no se pregunta nada, pero si ve cinco cajas cada una con cinco cepillos de dientes usados puede parecer excesivo, así que por si acaso, las cajas de los amantes estaban selladas con tiritas de las de curar las heridas. La última caja, muy a su pesar, cerrada sólo con cuatro ejemplares, pero un año sin amante fijo era como para tomar una decisión, aunque este último precinto era de quita y pon, no perdía la esperanza.

Los idilios de una sola noche se acumulaban en un bonito neceser de cremallera que podía abrir y cerrar tranquilamente. Los cepillos no solían estar demasiado usados, como mucho dos o tres veces con mucha suerte, habitualmente sólo una vez. Un neceser femenino en un baño es lo habitual y mucho más si lo primero que se encuentra al abrirlo es un montón de tampones. Juntar tampones y los cepillos de dientes de los esporádicos le resultó muy ocurrente, desde luego abría el neceser como mínimo una vez al mes.

Imaginar nuevos-viejos cepillos de dientes le excitaba de manera muy concreta, sabía lo que quería y cual era su máxima recompensa, durante todo el ritual, ya durase un mes, una semana o unas horas, mantenía esa ambigua sonrisa, esperaba al final con ansiedad, el final era su clímax, su premio, podía guardarlo y era para ella, para siempre.

Últimamente sus encuentros amatorios no eran buenos, demasiado rápidos, hoteles baratos y hombres apenas apreciados, miradas lascivas, palabras huecas y entregas rápidas, hasta ahí iba bien, pero el final… casi ninguno llevaba cepillo de dientes, no es que ella quisiera besarles y buscase su higiene pero si su sabor y su olor bucal, necesitaba llevar su premio a casa. Encuentros demasiado rápidos, pero ella ya no tenía paciencia para el cortejo, estaba en un circulo sin salida. Demasiado rápido demasiado rápido y demasiado frustrante.

Una cuarta farmacia exhibía en el escaparate una hilera de cepillos nuevos, esbeltos, tan apetecibles como dulces promesas de amor. Rápido rápido, en un segundo elaboró una nueva estrategia: un cuarto apartado de su colección, la bolsa de los azules, la abastecería de cepillos comprados por ella. Obligaría a sus conquistas a lavarse los dientes antes y después, dos veces, conservarían el sabor y el olor, cada uno el suyo, volvería a casa contenta, ella marcaría las reglas, todas las reglas. Ilusionada entró en la farmacia, en la cuarta, y compró 12 cepillos nuevos de color azul. Salió de la tienda con esa medio sonrisa tan conocida, llena de nuevas ilusiones. Casi corriendo por la avenida se dirige a un bar de esos que ella conoce y que también abren por la tarde, su mano dentro del bolso y sus dedos rozando suavemente uno de los nuevos cepillos, el elegido para esta ocasión, algo electrizante le recorre por dentro.

lupita alias Anna Marie Quent


La muchacha de cabellos dorados parecía estar lánguidamente sentada cerca del seto, en la hierba, en un claro del bosque, medio a escondidas, donde acostumbraba a esperar a su novio secreto imaginario. Oyó ruido de hojas moviéndose y embozando una sonrisa cerró los ojos esperando recibir uno de esos besos, no por inventados menos sentidos, que solían acariciarle a veces las mejillas, a veces el pelo; como el ruido de hojas no cesaba miró en alerta a derecha e izquierda girando la cabeza, al volver a la posición inicial y dirigir su mirada hacia su regazo encontró seis diminutos seres no más grandes que el tamaño de sus dedos. Quedó ciertamente asombrada pero sin miedo y los recogió con las palmas de sus manos. Ellos cuando alcanzaron una altura prudencial saltaron a su pecho y correteando por su escote llegaron a su cuello que inundaron de besos pequeños, suaves y precisos. La muchacha se maravillaba ya que los besos eran ciertamente muy gozosos. Uno de los seres pequeños le beso en los ojos y ella quedó sumida en un sueño inmediato sintiéndose transportada por los aires.

Despertó en una estancia llena de tules y sedas y terciopelos, de velas encendidas, de pájaros cantores y de olores a esencias exóticas; un recinto de colores naranjas y ocres alegremente decorado con flores y tapices. Destacaba un gran espejo dorado que reflejaba su imagen desnuda; se encontró de lo más apetecible. Sus seis acompañantes, cuatro seductores varones y dos adorables féminas, se mezclaron exquisitamente con ella; ahora no destacaba por su estatura ya que, o era también diminuta o todos los demás habían crecido considerablemente. Los siete conjuntaron armoniosamente un deleitoso cortejo que duró dos días con sus dos noches. Sintiéndose protagonista y creyéndose en la posibilidad de elegir dio preferencia amorosa a uno de los muchachos al cual tendió su mano ignorando deliberadamente a los demás lo que provocó la risa desmesurada y estridente de todos ellos, incluido el elegido. La muchacha ofendida por el desaire sintió una tristeza tan emotiva que le provocó un desmayo, tal era su naturaleza indolente.

Al volver a abrir los ojos se encontró en su habitación, en su cama de siempre, rodeada de familiares y amigos que ya la daban por perdida. Había pasado dos días y sus dos noches entre convulsiones de lo más variadas. Cuando volvió del todo en si relató su aventura con los seres diminutos, pero su relato no fue del todo bien recibido, o le miraban incrédulos o espantados. La cosa empeoró en la medida en que ella insistía en volver cada atardecer al claro del bosque a sentarse lánguidamente cerca del seto conocido. 1583, era otra época, Anna Marie Quent murió quemada en la hoguera por bruja, tenía dieciséis años.

lupita y su flor de Ces

uniendo
las cuatro Ces
dos a dos
por las puntas
surge
un espacio interior
lo lleno
de círculos
concéntricos
infinitos
simulando una espiral eterna
interna
resulta:
la flor de Ces

Cariño, Comprensión, Compañía, Compartir configuran la base de un pentágono que se armoniza con "Calidez" irradiada a las cuatro puntas de una flor que pestañea con el crepitar de las gotas que las lágrimas han depositado generosamente para su germinación.

lupita del revés



Los espíritus más maliciosos y más incómodos son los que bailan y revolotean alrededor de los niños humanos. Casi siempre tienen espinas en su espalda, como si fuesen erizos, por eso los niños suelen tener pequeñas heridas en las manos y en las piernas. Dos de estos inquietos duendes vivían atentos en el ático de una casa de campo un tanto alejada del pueblo. En la casa dos niñas de menos de tres años crecían sanas aunque no siempre estaban a salvo; los duendes traviesos se encargaban de esconder la leche con la que alimentarlas, de enfriar el agua del baño, de enredarles los cabellos y sobre todo de asustarlas por la noche con sus risitas, ellas pasaban mucho miedo y aunque pedían que les dejasen la luz encendida no les hacían mucho caso, todos decían que era cosa de niños. Cuando fueron algo más mayores les enseñaron a vestirse ellas solas, una de las niñas aprendió muy rápido y bastante bien, se ponía los pololos y las enaguas, el vestido, se ataba las camisitas, incluso intentaba colocarse uno o dos lazos en el pelo. La otra niña en cambio no atinaba, era incapaz de meter el pie en su sitio y las medias acababan torcidas, el vestido arrugado de tanto poner y quitar y poner y volver a quitar para poner bien, se le olvidaba la camiseta y tiritando tenía que pedir ayuda para vestirse. Los malévolos duendes reían a carcajadas, disfrutaban a mansalva de la confusión que ellos le creaban a la desconcertada niña. Tenían planeado que más o menos a la edad de cinco años la raptarían y que sería su esclava. La niña que no sabía vestirse recibía todos los días muchas riñas y amonestaciones, incluso algún que otro cachete y aunque lo intentaba de veras era incapaz de vestirse adecuadamente; los duendes se encargaban de que así fuera. Le entró una melancolía tan grande que dejó de sonreír y de jugar. Llevaba varios días muy triste, era el plan de los duendes, cuando los niños dejan de reír y de jugar se quedan mustios, están quietos y parece que se mueren, aunque no estén enfermos parece que se mueren de pena, entonces los sustituyen por un trozo de madera encantado con forma de niño y se llevan con ellos para siempre a los niños que pierden su sonrisa. Los duendes estaban impacientes saboreando ya su victoria sobre la pequeña. Sin embargo su hermana para animarla le propuso un juego, le ayudaría a vestirse pero con toda la ropa del revés y ella también se la pondría así. Las pequeñas se vistieron con los pololos vueltos, el vestido atado con los botones por dentro, la camiseta con la etiqueta delante, incluso el zapato izquierdo en el pie derecho y el derecho en el pie izquierdo. De esta guisa aparecieron en el salón de la casa y todos se rieron mucho excepto los duendecillos que no podían creer lo que estaba pasando y que dejaron la casa a la velocidad del rayo, refunfuñando y resoplando, echándose la culpa uno al otro por el descuido. La candidez de una niña había roto por casualidad el hechizo de estos perversos seres. Ponerse la chaqueta del revés sin darse cuenta es un método tradicional de atraer a la buena suerte o lo que es lo mismo, de alejar a los maliciosos y retorcidos espíritus, sobre todo para los niños, que no son descuidados ni revoltosos sino simplemente niños, pequeños humanos muy apetecibles para los duendes.

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